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RESUMEN:

Yaganes, yaganeza o yámanas son indígenas nómades canoeros, recolectores marinos, cuyos antecesores habitaron desde hace aproximadamente unos 6.000 años los canales fueguinos chilenos que se extienden al sur y hacia el oeste de la isla grande de Tierra del Fuego, hasta los canales Magdalena y Cockburn.

También habitaron la isla Navarino e islas ubicadas al sur de esta hasta el Cabo de Hornos y la orilla norte del canal Beagle, en territorios que actualmente pertenecen a Chile y a Argentina.

Ubicación geográfica

El área que ocupaban era enorme, pero no tan extensa como la de los kawésqar con quienes se juntaban en la isla Clarence, al sur del estrecho, cuando concurrían a buscar la pirita de hierro que empleaban para encender fuego (Ver Técnicas para hacer fuego), elemento indispensable para calentarse.

Se conoce la existencia de cinco parcialidades yámanas, que correspondían a variedades dialectales de la lengua yagán y cuyos nombres y ubicaciones son los siguientes:

  • Wakimaala: en Canal de Beagle desde Yendegaia, hasta Puerto Róbalo, incluyendo Isla Ambarino,  el Canal Murray e Isla Hoste.
  • Utamaala: al este de Puerto Williams y la Isla Gable hasta las islas Picton, Nueva y Lennox.
  • Inalumaala: en el Canal de Beagle, desde la punta Divide hasta la península Brecknock.
  • Yeskumaala: en el archipiélago del Cabo de Hornos
  • Ilalumaala: desde Bahía Cook, hasta el Falso Cabo de Hornos.

Yámana significa “hombre” en su acepción de “ser humano de sexo masculino” y ellos prefieren el nombre yagán para sí mismos y para su idioma. que también en otras fuentes es referido como yamaníhasha.

 La palabra yagán deriva de Yahga-shaga que era el nombre que daban al Canal Murray, lugar donde solían reunirse y fue adoptado por los misioneros protestantes ingleses cuando establecieron una misión cercana a ese lugar.

HISTORIA, CRONOLOGIA Y PASADO DE LOS YÁMANAS:

Los Yámanas llamaban a su lenguaje yamaníhasha. Se caracterizaba por ser sonoro y abundante en vocales. A pesar de su riqueza en vocablos, los yámanas eran poco conceptuales: no entendían ideas abstractas separadas de un contexto de aplicación inmediata. Muchas de sus palabras servían para indicar matices sutiles o diferencias de situación; la estructura gramatical utilizada era sencilla.

Los nativos también aprovechaban los huesos de las ballenas apropiados para confeccionar puntas de arpón y otros utensilios, y las barbas, que convertían en filamentos para cantidad de usos como costuras de canoas y baldes de corteza o lazos de trampas para aves.

Ponían mucho empeño en apoderarse de pingüinos, cormoranes, cauquenes, patos-vapor y otras aves. También hay que recordar el consumo estacional de huevos. Aparte de su consumo como alimento, de las aves se guardaban ciertos huesos para confeccionar utensilios y adornos, las plumas para adornos y otros fines, el plumón como sucedáneo de la yesca y los buches como bolsitas para conservar aceite y embutidos.

 

Los utensilios de piedra tallada que no fueran puntas de flecha eran poco elaborados. Con huesos de distintos animales confeccionaban cuñas para partir madera, objetos para extraer la corteza de los árboles, punzones, tubos sorbedores, peines, etc. Las conchillas de algunos mejillones eran usadas como cuchillos, siendo más eficaces en esa función de lo que se podría suponer.

A veces eran enmangadas, atándolas a un guijarro de playa en cuyo caso funcionaban más como un cincel que como un cuchillo. Se confeccionaban baldes y jarros de cuero o de corteza. Los canastos de junco eran inseparables de las mujeres.

Había multitud de otras aplicaciones para la madera, la corteza, el cuero, el pellejo de aves y sus plumas, ciertas vísceras, los tendones, las fibras vegetales y unos pocos elementos tomados del reino mineral.

Las canoas eran el elemento más elaborado de la artesanía de los yámanas y su propiedad más valiosa, como que su vida dependía de poseerlas. Placas de corteza cosidas entre sí eran mantenidas abiertas con una armazón de varillas de madera hendidas al medio y retenidas en posición arqueada por travesaños y por bordas de madera longitudinales.

 El piso era reforzado con más placas de corteza y en el centro se confeccionaba una plataforma de tierra o guijarros, sobre la que se mantenía fuego siempre encendido. Aunque las había más grandes, en general esas canoas medían entre 3 m. y 5,5 m. de largo y podían transportar seis o siete personas. No tenían quilla ni timón.

Eran de fondo plano, lentas, se bamboleaban mucho y era necesario desagotar continuamente el agua que se filtraba por las costuras, pero se mantenían bien a flote aunque el agua estuviera agitada. Podían navegar bien sobre las frondas de algas, capacidad muy importante para poder acercarse a las costas pues éstas estaban en su mayor parte bordeadas por densas frondas de cachiyuyos. Los propios remos, de pala muy larga y mango muy corto, permitían impulsarse sobre las frondas de cachiyuyos sin enredar el remo en las mismas.

Las encargadas de remar eran habitualmente las mujeres, pero cuando era necesario también lo hacían los varones. Salvo accidentes, solían durar seis meses a un año; la época habitual de confección era octubre a febrero, cuando la corteza podía ser desprendida de los árboles con facilidad.

Vestimenta

Pese al frío húmedo de los territorios que habitaban su ropaje mantenía gran parte del cuerpo al descubierto, la explicación para esta aparente paradoja estaba precisamente en un modo de evitar la saturación por humedad (que acelera la pérdida de calor corporal) merced a la ventilación de las partes de la piel en donde menos se pierde calor.

Usaban cueros de lobo marino o nutria sobre sus hombros, atados en el cuello y en la cintura esta pieza relativamente pequeña era desplazada sobre el tronco para tapar las zonas donde más incidía eventualmente el viento; utilizaban además, otro cuero que cubría sus genitales y fabricaban sencillos calzados de cuero semejantes a mocasines. Las mujeres usaban collares elaborados de huesos de ave o de caracoles pequeños.

 Alimentación

Consistía principalmente en carne del lobo marino, nutria y carne de ballena; para cazar a estos mamíferos empleaban largos arpones.

Además consumían una gran variedad de especies marinas, entre las que destacan las cholgas, erizos, centollas y diversos peces. Cuando acampaban, consumían complementariamente carne de guanaco y aves, así como hongos, bayas y huevos, también se alimentaban de pingüinos al spiedo (espetados sobre un fogón haciéndoles girar para que perdieran parte de su grasa la cual podía ser utilizada para cubrir la piel o como linimento). No eran agricultores. Rastros de sus sitios más frecuentados de alimentación son los Køkkenmødding que se observan en las costas de los territorios que habitaron.

Ambos sexos gustaban adornarse con pinturas, collares, muñequeras y tobilleras. Las pinturas podían cubrir el rostro, el cuerpo y a veces también los miembros. Los colores que se usaban eran el rojo, el blanco y el negro, formando diseños simples basados en rayas y puntos pero muy variados. La pintura facial y corporal formaba parte de muchos rituales y normas de cortesía.

Además se utilizaba para comunicar estados de ánimo o las circunstancias en las que se hallaba su portador. Los collares podían estar confeccionados con conchillas o segmentos de huesos huecos de ave usados a manera de cuentas, o simplemente consistir en tendones o tripas trenzados. En ocasiones especiales se usaban vinchas adornadas con plumas de aves y en las colecciones etnográficas hay algunos notables ejemplares de éstas.

La primera menstruación de las muchachas daba lugar a algunas ceremonias y comportamientos rituales. Más importante era el chiejaus, al que asistían los adolescentes de ambos sexos como paso necesario para adquirir el status de adultos.

No era una celebración estrictamente periódica, en realidad se efectuaba cuando en un grupo de familias se alcanzaba cantidad suficiente de candidatos y si se cumplían con las condiciones materiales suficientes para sustentar a los numerosos participantes durante las semanas o meses que duraba la ceremonia.

Decidida la realización, se construía una gran choza en la que se instalaban los adolescentes, sus padres, madres y padrinos, y todos los adultos que desearan participar. De entre ellos se elegían los oficiantes de la ceremonia. Los aspirantes eran sometidos a ayuno, inmovilidad, sueño insuficiente y trabajos duros.

Eran además adiestrados en las tareas propias de cada sexo y se les inculcaban normas de comportamiento tanto pragmáticas como altruistas.

Estas últimas tenían elevado valor moral, aunque en la práctica posterior solían ser poco respetadas. El chiejaus incluía además narraciones de mitos y tradiciones, así como momentos de esparcimiento (cantos, danzas y juegos colectivos). Una vez cumplida la celebración por parte de los aspirantes, las mujeres quedaban en condiciones de contraer matrimonio, pero los varones debían asistir a un segundo chiejaus antes de ser reconocidos plenamente como adultos.

El duelo se manifestaba con estentóreas lamentaciones y cantos lúgubres; los deudos se laceraban el rostro y el cuerpo, se tonsuraban el pelo y se pintaban de una manera especial. El cadáver era amortajado con cueros y atado con correas; luego se lo enterraba o se lo cremaba.

Los yekamushes gozaban de cierto prestigio e influencia, pero no poseían autoridad efectiva. Eran curanderos, hechiceros y oficiaban de chamanes (es decir, intermediarios con lo que nosotros, no los yámanas, llamamos mundo sobrenatural). Llegar a ser yekamush era bastante accesible para los varones y de hecho casi todos los adultos de este sexo lo eran o decían que lo eran.

Los yámanas respetaban cierta cantidad de prescripciones rituales en algún momento especial de sus vidas, pero no tenían culto ni sacerdotes. Los observadores del siglo XIX estuvieron de acuerdo en que los yámanas no tenían nociones de Dios, alma o cielo, ni creencia en recompensas o castigos post-mortem.
 
Por el opuesto, los padres Gusinde y Koppers afirmaron que creían en un dios único, omnipresente y omnipotente. El debate no está cerrado y ambas posiciones pueden recibir críticas. Sí hay consenso en que temían a los kíshpix, espíritus del mar, de las rocas, de los árboles, etc. Se los imaginaba malévolos y de aspecto horripilante. Creían que en los bosques habitaban los hanush, que podían ser espíritus u hombres salvajes.
 
 Los Yoalox (dos hermanos y una hermana) eran una suerte de héroes civilizadores, seres sobrehumanos (pero no deidades) que habían enseñado a los antepasados de los yámanas cantidad de cosas útiles (cómo encender fuego, cómo cazar aves, cómo confeccionar arpones,

Los alacalufes o halakwoolip constituían la otra etnia que se encontraba, junto a los yámanas poblando la parte sur de la Isla Grande. Hubo contactos entre los selk’nam y los alacalufes a lo largo del Estrecho de Magallanes. Estos aislados contactos permitían intercambiar diferentes objetos: capas de piel de guanaco, adornos para la frente de cuero gris triangular, arcos y flechas por parte de los selk’nam; y por parte de los canoeros, pieles de lobo para las aljabas, pirita y una variedad de adornos de concha de caracol del tamaño de un guisante.

El encuentro de una familia alacaluf con una selk’nam era la mayoría de las veces sólo accidental, y ocurría cuando repentinamente una ventisca ponía en peligro su canoa y obligaba a sus ocupantes a navegar con rumbo al primer sitio de desembarque que hubiera, para asegurar sus vidas.

Al igual que los yámanas, la obra maestra de la artesanía halakwoolip queda representada en la canoa de corteza. Esta formidable embarcación era construida con materias primas de la naturaleza y herramientas fabricadas con huesos o piedras.

La circunstancia de que nuestros fueguinos dependen exclusivamente de la naturaleza circundante y no encuentran ningún refugio o ayuda de las etnias adyacentes es digna de atención para la valoración de los concretos logros artesanales.

La forma determinada de una herramienta o utensilio permanecerá inalterada cuando ha alcanzado la forma final más acabada posible. Se puede comprobar esto observando los objetos que se remontan a un período de alrededor de cuatrocientos años, lo cual a la luz de la existencia de los halakwoolip constituye un lapso muy corto de tiempo. Todas las tradiciones escritas y pictóricas del limitado período muestran a los halakwoolip, en posesión de todos los objetos que encontramos en la actualidad.

Utilizaban unos puñales de hueso de ballena, a menudo vestían con piel de lobo marino que les llegaba poco más que por debajo de la cintura. Cada familia trabaja y actúa para su propio bienestar, confecciona ella misma las herramientas y utensilios que necesitan. No se reconocen artesanos profesionales o especialización de una persona en particular para una ocupación o actividad específica.

Cada familia lleva su propia existencia, dedicada a su progreso individual. El aislamiento entre los halakwoolip alcanza una forma casi absoluta, en tanto tenga ésta para sí sola su distrito preferido. De ello resulta que, en la práctica, toda la etnia halakwoolip se compone de muchas familias aisladas. Probablemente una vez al año se realizaba un gran encuentro de las familias, por ejemplo, en un kálakai y yinciháua, o cuando vara una ballena.

Durante la adolescencia se seguía la iniciación obligatoria o kálakai para ambos sexos, que constituye una preparación teórico-práctica para una existencia independiente como hombre o mujer. Sólo después se permite al joven su unión necesaria en matrimonio. Gran respeto y auxilio general reciben todos los ancianos. Su espiritualidad era, antes de la llegada de los europeos, muy rica y viva. De esta manera su acervo mitológico, que en un comienzo no debe haber sido menos importante que el de sus vecinos los yámanas, fue quedando en el olvido. Sólo con mucho esfuerzo Martín Gusinde puede acceder al curso completo del yinciháua con todas sus innumerables particularidades. En resumen, los halakwoolip han perdido, desde su contacto con el mundo europeo, una considerable cantidad del acervo espiritual. Sin duda todo adulto conservaba intacta la creencia en el sobrenatural Xólas, y especialmente como norma de conducta moral. Durante el kálakai se le inculcaban al joven una serie de deberes. Cada individuo era responsable por sus actos y debía esperar el castigo por la infracción de un ser superior, el mismo Xólas. La superstición y el temor de los espíritus se da poco entre ellos; la calidad del médico hechicero está muy definida, pero tiene poca influencia.

Como señaláramos se produjo una ruptura absoluta entre la cultura anterior y posterior a 1884. No hubo tiempo histórico como para que los misioneros pudieran cultivar las fuentes de las etnias que se encontraban en estos lugares. Tenían interés en esto, pues han dejado consignada la riqueza de su idioma y mitología. Tomás Bridges produjo las primeras obras que nacieron en Ushuaia: el diccionario yagán-inglés y la traducción a la lengua indígena de los Evangelios.

Es necesario aclarar dos aspectos importantes. En primer lugar, debemos señalar lo reducido de la población ushuaiense, por lo que no se puede pedir un desarrollo cultural llamativo a una ciudad que llegó a 10.000 habitantes hace menos de una década y que se mantuvo en poco más de mil o menos durante décadas. En segundo lugar, cabe destacar que no se trataba de una población afincada, al menos su mayoría. Al margen de algunas familias tradicionales, el resto estaban allí solo transitoriamente por razones de trabajo. De ninguna manera, podría haberse dado la continuidad necesaria para crear una empresa cultural sostenida por un período largo. Llama sí la atención que hayan actuado tantos hombres y mujeres que en un medio poco propicio, se hayan desempeñado en desarrollar sus talentos y aún en compartirlos con los demás. En la medida en que la población de Ushuaia fue arraigándose, fueron surgiendo actividades culturales sostenidas en el tiempo. Hoy en día diversas expresiones artísticas enriquecen nuestro medio, y dan lugar al surgimiento de nuevos artistas con una identidad propia y definida.

La mayor expresión literaria de la ciudad ha estado en el periodismo, podemos comprobar como desde épocas tempranas hasta el presente ha habido personas con inquietudes que produjeron publicaciones en las que no faltó lo ideológico, lo histórico o lo artístico. Hubo una interesante producción por parte de los alojados en el presidio. Existen, por otra parte, importantes trabajos literarios que permiten al lector explorar y conocer desde sus inicios los confines de la Isla Grande. Un ejemplo de esto es el libro publicado por Lucas Bridges “El último confín de la Tierra”.

La expresión del teatro es posiblemente la de mayor aporte en lo cultural. Existían algunas compañías más o menos profesionales que llegaban desde afuera, tal el caso de Punta Arenas y Buenos Aires, y quedaban todo el tiempo que el barco estaba en el puerto. En 1930 los náufragos del Monte Cervantes realizaron la presentación de una obra. Se cree que la primera presentación se puede haber realizado en 1915 con “El Arlequín” en la casa del doctor Américo Del Pino. Para el “Hombre de Medianoche” se puso el primer cartel luminoso en Ushuaia, que luego hizo que el cine fuera recordado con ese nombre.

Las obras que se sucedieron se limitaron a un género menor, generalmente jocoso, sea de carácter criollo, porteño o español, lo que en cierta forma expone el origen de esta expresión cultural. Esto surgía de un notorio entusiasmo juvenil y que se hacía en medio de una gran alegría y espontaneidad.

En cuanto al cine, la primera referencia que se tiene consta en una noticia del periódico “El Mosquito”, de 1910, en las que se dice que en el Salón Municipal se proyectó una con escenas de los dos presidios de entonces y se anunciaba su repetición. Este hecho significativo demuestra que no sólo se proyectó la película, sino también que fue filmada localmente. Según don Vicente Canga la primera sala estuvo ubicada entre las calles San Martín y De Loqui, alrededor de 1915. Tenía capacidad para ochenta personas y, naturalmente, se proyectaban películas mudas. El primer cine sonoro fue a partir de 1930. El más recordado fue el Cine Teatro San Martín año 1932, ubicado en 9 de julio entre San Martín y Deloqui, se llamaba de esta manera por que fue utilizado con ambos fines. Las películas llegaban desde el Norte y debían cruzar, junto con el correo, la cordillera con la ayuda policial. En 1955 se inaugura una sala de lujo en San Martín y Roca, en la que se daban cinco funciones semanales.

Hoy en día nuestra Ciudad cuenta con dos salas: el Cine Packewaia y el Microcine de la Dirección Provincial de Cultura, y con otra en forma eventual: la Sala Niní Marshall (ubicada dentro de la Casa de la Cultura de la Municipalidad).

Es interesante señalar que en Ushuaia se practicó mucho la música. La banda del Presidio tocaba los domingos en la plazoleta y frente a ciertas casas. A veces los barcos permitían escuchar bandas de cierta calidad. Los que tenían conocimiento se lucían en las fiestas familiares y los actos patrios. Con el tiempo se organizó, un conjunto local, bajo el nombre de Orquesta Típica Santa Ana, nombre que homenajeaba a la Sra. Ana de Lawrence, que soportaba los ensayos en su casa. Este conjunto realizó su debut en 1944 para los carnavales.

Con respecto a la pintura, hay una especie de antecedente en las tramas de la artesanía y en las formas dibujadas en los cuerpos de los indios. Comienza por el arte en el Penal, en donde los penados dejaron varias obras, tal como “El Primer Argentino”, pintura de un penado anónimo que se encuentra en el Museo Provincial. Las obras y autores se fueron sucediendo hasta nuestros días, con una producción plástica fantástica, que en muchos casos ha logrado capturar parte del mágico colorido de estos confines.

La arquitectura fue tomando características distintivas, casas de volúmenes simples, con techos de chapa ondulada y pendientes pronunciadas. Estructura resistente de madera con revestimiento externo en chapa galvanizada. Grandes ventanas a modo de invernaderos, bow-windows y elementos ornamentales con detalles en cenefas, rosetones, pináculos, etc.

La escultura adquiere notoriedad con la obra de un presidiario, Jorge Arzac, quien esculpió una estatua de un indio ona que presidió el centro ushuaiense como monumento hasta su destrucción en 1938. Quizá él haya sido el más destacado tallista del presidio; ejecutó una gran mesa con relieves de la historia argentina, que obsequió al general Justo, por aquel entonces presidente.

 

Una mención especial merece una artista evidentemente local y autodidacta, doña Enriqueta Gastalumendi viuda de Santín. Conocida por la “india Varela” (de acuerdo al apellido de su primer esposo, el español Jesús Varela) ha logrado plasmar la naturaleza en cada una de sus obras de una manera realista y con un estilo propio.

Cuenta doña Enriqueta, que comenzó a trabajar en madera de lenga luego de probar con otros materiales. Con la “india Varela” se retoma el hilo de la cultura más antigua de la Tierra del Fuego, a través de las manos de una hija de esta tierra.

Bibliografía

  • E. Lucas Bridges (1952). El último confín de la tierra. Buenos Aires – Argentina: Emecé Editores S.A.. 
  • Alberto de Agostini (1956). Treinta años en Tierra del Fuego. Buenos Aires – Argentina: Ediciones Preuser. 
  • Fresia Barrientos M. (2005). Pueblos originarios de Chile. Santiago – Chile – Universidad Academia de Humanismo Cristiano. 956-7382-09-3. 
  • Peter Mason y Christián Báez (2006). Zoológicos humanos.