quisiera Hermosa mia

Publicado: 10 junio, 2011 en Poemario, Rosalía de Castro

Quisiera, hermosa mía,
a quien aun más que a Dios amo y venero,
ciego
creer que este tu amor primero,
ser por mi dicha el último
podría.
Mas…
—¡Qué! ¡Gran Dios, lo duda todavía!

—¡Oh!, virgen
candorosa,
¿por qué no he de dudarlo al ver que muero
si aun viviendo
también lo dudaría?

—Tu sospecha me ofende,
y tanto me lastima y me
sorprende
oírla de tu labio,
que pienso llegaría
a matarme lo injusto
del agravio.

—¡A matarla! ¡La hermosa criatura
que apenas cuenta
quince primaveras…!
¡Nunca…! ¡Vive, mi santa, y no te mueras!

—Mi
corazón de asombro y dolor llenas.
—¡Ah!, siento más tus penas que mis
penas.
—¿Por qué, pues, me hablas de morir?
—¡Dios mío!
¿Por qué ya del
sepulcro el viento frío
lleva mi nave al ignorado puerto?

—¡No puede ser…! Mas oye: ¡vivo o muerto,
tú solo y para siempre…! Te lo
juro.

—No hay por qué jurar; mas si tan bello
sueño al fin se
cumpliera, sin enojos
cerrando en paz los fatigados ojos,
fuera a
esperarte a mi sepulcro oscuro.
Pero… es tan inconstante y tan
liviano
el flaco y débil corazón humano,
que lo pienso, alma mía, y te lo
digo,
serás feliz más tarde o más temprano.

Y en tanto ella llorando
protestaba,
y él sonriendo, irónico y sombrío,
en sus amantes brazos la
estrechaba,
cantaba un grillo en el vecino muro,
y cual mudo
testigo,
la luna, que en el cielo se elevaba,
sobre ambos reflejaba
su
fulgor siempre casto y siempre amigo.

            II

De polvo y fango nacidos,
fango y polvo nos tornamos:
¿por qué, pues,
tanto luchamos
si hemos de caer vencidos?

Cuando esto piensa humilde y
temerosa,
como tiembla la rosa
del viento al soplo airado,
tiembla y
busca el rincón más ignorado
para morir en paz si no dichosa.

            III

Los astros son innúmeros, al cielo
no se le encuentra fin,
y este
pequeño mundo que habitamos,
y que parece un punto en el espacio,
inmenso
es para mí.

Después… tantos y tantos
cual las arenas del profundo
mar,
seres que nacen a la vida, y seres
que sin parar su rápida
carrera,
incierta siempre, vienen o se van.

Que se van o se mueren,
esta duda
es en verdad cruel;
pero ello es que nos vamos o nos
dejan,
sin saber si después de separarnos
volveremos a hallamos otra
vez.

            IV

Y como todo al cabo
tarde o temprano en este mundo pasa,
lo que al
principio eterno parecía,
dio término a la larga.
¿Le mataron acaso, o es
que se ha muerto
de suyo aquello que quedará aún vivo?
Imposible es
saberlo, como nadie
sabe al quedar dormido,
en qué momento ha aprisionado
el sueño
sus despiertos sentidos.

            V

¡Que cuándo le ha olvidado!
¿Quién lo recuerda en la mudable vida,
ni
puede asegurar si es que la herida
del viejo amor con otro se ha
curado?

¡Transcurrió el tiempo! —inevitable era
que transcurriese—, y
otro amante vino
a hacerse cauteloso su camino
por donde el muerto amante
ya lo hiciera.

            VI

De pronto el corazón con ansia extrema,
mezclada a un tiempo de placer y
espanto,
latió, mientras su labio murmuraba:
—¡No, los muertos no vuelven
de sus antros…!

Él era y no era él, mas su recuerdo,
dormido en lo
profundo
del alma, despertóse con violencia
rencoroso y adusto.

—No
soy yo, ¡pero soy! —murmuró el viento—,
y vuelvo, amada mía,
desde la
eternidad para dejarte
ver otra vez mi incrédula sonrisa.

—¡Aún has de
ser feliz! —te dije un tiempo,
cuando me hallaba al borde de la
tumba—.
Aún has de amar; y tú, con fiero enojo,
me respondiste:
—¡Nunca!

—¡Ah!, ¿del mudable corazón has visto
los recónditos
pliegues?—,
volví a decirte; y tú, llorando a mares,
repetiste: —Tú solo,
y para siempre.

Después, era una noche como aquéllas,
y un rayo de la
luna, el mismo acaso
que a ti y a mí nos alumbró importuno,
os alumbraba a
entrambos.

Cantaba un grillo en el vecino muro,
y todo era silencio en
la campiña;
¿no te acuerdas, mujer? Yo vine entonces,
sombra,
remordimiento o pesadilla.

Mas tú, engañada recordando al muerto,
pero
también del vivo enamorada,
te olvidaste del cielo y de la tierra
y
condenaste el alma.

Una vez, una sola,
aterrada volviste de ti
misma,
como para sentir mejor la muerte
de la sima al caer vuelve la
víctima.

Y aun entonces, ¡extraño cuanto horrible
reflejo del
pasado!,
el abrazo convulso de tu amante
te recordó, mujer, nuestros
abrazos.

¡Aún has de ser feliz! —te dije un tiempo
y me engañé; no
puede
serlo quien lleva la traición por guía,
y a su sombra mortífera se
duerme.

—¡Aún has de amar! —te repetí, y amaste,
y protector
asilo
diste, desventurada, a una serpiente
en aquel corazón que fuera
mío.

Emponzoñada estás, odios y penas
te acosan y persiguen,
y yo
casi con lástima contemplo
tu pecado y tu mancha irredimibles.

¡Mas,
vengativo, al cabo yo te amaba
ardientemente, yo te amo todavía!
Vuelvo
para dejarte
ver otra vez mi incrédula sonrisa.

***

“Rosalía de Castro”

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